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Simón Bolivar de Gil de Castro

Publicado por A. Cerra

Hay multitud de retratos de Simón Bolívar, algunos hechos en su vida y otros con posterioridad. No es extraño para un personaje que es uno de los máximos representantes del periodo de liberación de diversas naciones de Latinoamérica. No en vano su sobrenombre más universal es El Libertador. Y lo curioso es que entre todos esos retratos, a veces se aprecian grandes diferencias fisionómicas en los rasgos representados.

Retrato de Simón Bolívar

No obstante, en palabras del propio Bolívar, uno de los retratos suyos con más “exactitud y semejanza” se lo hizo el pintor peruano José Gil de Castro (1785 – 1837).

Lo cierto es que este es uno de los más grandes retratistas sudamericanos de las primeras décadas del siglo XIX. Un artista que no solo pintó a Bolívar, también nos ha dejado efigies de otros personajes de un calibre similar, como el propio José de San Martín, al que pintó en Chile.

De hecho, fue en Santiago de Chile donde estableció muy pronto su taller, y allí realizó su labor como pintor a la vez que se desarrolló su carrera militar. Por supuesto adepto al Bernardo O’Higgings, al que también pintó una vez que alcanzó el poder tras la determinante batalla de Chacabuco.

Gil de Castro, aunque desarrolló su carrera como retratista mayoritariamente en Chile. Allí se le conocía como el Mulato Gil, dados sus orígenes familiares y el color su piel. También en Santiago se casó y prosperó hasta alcanzar el grado de Maestro Mayor del Gremio de Pintores. Mientras que militarmente se reconocían sus dotes como cartógrafo y llegó a alcanzar el rango de capitán. Y además de ello viajó por diversos países latinoamericanos, y retrató a muchos de los grandes políticos del momento, así como otros héroes anónimos de esos procesos de independencia como su famoso pescador José de Olaya. Por eso sus obras están dispersas por museos de Venezuela, Chile, Bolivia o Argentina, entre otros lugares.

Su arte era muy apreciado por los gobernantes, porque sabía retratar a la perfección los rasgos fisionómicos, aportando el necesario realismo para un retrato. Pero al mismo tiempo sabía combinar eso con la inclusión de ciertos elementos, desde las condecoraciones en los uniformes o fondos paisajísticos hasta ciertos objetos o las banderolas con textos identificativos, que le aportaban significado y simbolismo a los retratos. Lo cual siempre era del gusto de los homenajeados. Y todo con ello con una técnica de inspiración claramente neoclásica, en la que no falta el detallismo o la sobriedad en los colores. Si bien, tampoco tiene reparos en recurrir a elementos más recargados propios de la tradición del barroco siempre que lo considera oportuno. Por esa razón, para los críticos e historiadores del arte, José Gil de Castro se puede considerar el último pintor colonial y el primero de las Repúblicas

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