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Susana y los viejos, Rubens

Publicado por Laura Prieto Fernández

Desde hace ya muchos siglos, algunos pintores pudieron comprender que en el mundo del arte donde la competencia es tan voraz, los artistas debían organizarse si querían tener fama y reconocimiento. Figuras del mundo del arte como los comisarios o los representantes de artistas, son comunes en las galerías y museos de nuestro tiempo, sin embargo, algunos artistas de la época renacentista o Barroca ya comprendieron que el negocio de la pintura no consistía solamente en tener una gran capacidad creativa.

Pero si tenemos que destacar a un artista que supiera comprender las necesidades artísticas de su tiempo ese sería, sin lugar a dudas, Rubens. Pedro Pablo Rubens (1577 – 1640) una de las figuras artísticas más destacables del barroco europeo que comprendió que en su producción debía de haber un detallado estudio del arte clásico que le permitiese conocer las formas y composiciones de los grandes maestras, tenía que contar con un gran taller que le permitiese aceptar un gran número de encargos como si fuese una fábrica de obras de arte y sobre todo, rodearse de personajes influyentes que le proporcionasen una posición de poder con lo que acabó trabajando de embajador para algunos monarcas.

La obra que aquí analizamos lleva por título Susana y los viejos y se trata de un óleo sobre lienzo pintado en torno al año 1609 o 1610 y que en la actualidad se exhibe en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid. El tema era muy común en el Renacimiento y, de hecho, el propio Rubens ya lo había utilizado en otras ocasiones ya que era de los pocos temas bíblicos que permitía tratar el desnudo femenino. Según el Antiguo Testamento, Susana estaba bañándose cuando fue sorprendida por dos jueces ancianos que cegados por la lujuria quisieron perseguirla y como ella logró escapar la condenaron por promiscua. Susana pudo salvarse de una muerte segura gracias a la intervención de Daniel.

El artista refleja el momento de tensión en el que la joven huye de sus perseguidores, ella aparece horrorizada mientras que los rostros de ellos se encuentran también desencajados pero por la lujuria. El movimiento es violento, típico de la estética barroca.