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Vertumno y Pomona de Jean Ranc

Publicado por A. Cerra

Esta imagen mitológica de Vertunmo y Pomona es la obra más conocida del pintor francés Jean Ranc (1674 – 1735). Un cuadro que se conserva en el Museo Fabré de su Montepellier natal.

Esta obra la haría entre los años 1720 y 1722, y precisamente en ese último año viajó a España, ya que el rey Felipe V, requirió sus servicios para retratar a diversos miembros de la familia real. Y es que Ranc había hecho para entonces una larga carrera como retratista y había trabajado para mucha aristocracia francesa y también para el rey Luis XV y su familia.

Vertumno y Pomona de Jean Ranc

El caso es que Ranc se estableció en España, incluso murió en Madrid en 1735, realizando trabajos para el Alcázar madrileño y para la corte. Y entre esa corte circularían grabados de esta alegoría mitológica de Vertumno y Pomona, que se haría muy popular. Tanto que bastantes años más tarde pudo ser una influencia para el cuadro de Goya el Quitasol. Al igual que puede ser un antecedente de la famosa obra goyesca La familia de Carlos IV, un boceto de Ranc para un retrato de la familia de Felipe V, un género este de los retratos familiares no demasiado habitual en la tradición pictórica española.

Lo cierto es que en esta tela, pese a tratarse de una escena alegórica de carácter mitológico, se pueden ver algunas de las constantes de su labor como retratista. Se trata de un pintor muy preciosista, que pinta con esmero y detalles todos aquellos elementos que aparecen en sus composiciones. Como por ejemplo nos podemos fijar en las joyas o las sedas tornasoladas que luce Pomora, diosa de la fruta, la cual vemos que tiene a sus lado un cesto de frutas aludiendo a su simbolismo como representación de abundancia. Un cesto de fruta que a Ranc le sirve también para recordar a uno de los pintores barrocos que más admiraba: Caravaggio, quien había pintado un impresionante bodegón dentro de su cuadro con la efigie del dios Baco.

Y también se podría decir que son frutos del estudio del arte caravaggiesco los abundantes juegos entre luces y sombras, en los que cobra aún más sentido la sombrilla que lleva la diosa. Una sombrilla que con su tono blanco destaca enormemente sobre el fondo oscuro de la vegetación.
Además de todo eso, el pintor no puede obviar su faceta como retratista, de manera que incluso en una tela en la que no se hace necesaria la identificación detallada de los personajes, es innegable que los ha pintado con un gran realismo, haciendo auténticos retratos de sus modelos.

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