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Salón de las Musas de Charles Le Brun

Publicado por A. Cerra

Charles Le Brun fue mucho más que un pintor. Fue el gran decorador que dio forma a las estancias reales del todopoderoso Rey Sol, Luis XIV de Francia. Un monarca que promovió la renovación estética de sus grandes palacios, con Versalles al frente de todos. Pero con otros como el Palacio Vaux le Vicomte, como una de las residencias más queridas por él y donde hizo que trabajaran los mejores artistas de la época.

Salón de las Musas del Palacio Vaux le Vicomte

Por supuesto entre ellos está Charles Le Brun, el cual entre los años 1658 y 1661 acometió la creación de esta elegante y recargada Sala de las Musas en dicho palacio.

En realidad, Le Brun recibió el encargo de toda la decoración de la residencia real. Y como ya hizo en otros trabajos, como en su ciclo de Alejandro Magno equiparándolo con el rey francés, también planteó un auténtico ciclo iconográfico.

Lo cierto es que su trabajo en el Palacio Vaux le Vicomte lo podemos considerar como el mejor ensayo y el antecedente inmediato a lo que luego será el Palacio de Versalles. Como allí, aquí está jugando con diferentes elementos para conseguir un efecto y un discurso global. Eso sí, ese discurso en el que intervienen las cerámicas, los muebles, las alfombras, las lámparas, viene guiado por las imágenes que se ven tanto en pinturas como en los elaborados tapices que cuelgan en las paredes.

Y lo cierto es que se ve en todo un toque unitario, algo que lo aporta sin duda el talento de Le Brun para este tipo de encargos globales, ya que fue un personaje muy dotado para este trabajo que hoy podríamos denominar como arquitecto de interiores. Un personaje con un gusto indudable, con una vasta cultura y con un gran conocimiento de muchas disciplinas artísticas. A lo que hay que sumar su habilidad para el trato con los personajes más poderosos de su tiempo.

Podemos darnos cuenta que el aire general que dicta las formas arquitectónicas de la estancia se inspira en el estilo clásico francés. Una arquitectura que destila elegancia y majestuosidad, lo cual cuadra a la perfección con el espíritu de alabanza de todo lo que se hacía para el rey Luis XIV, máxima expresión en Europa del sistema absolutista.

Pero a partir de esas formas clásicas todo se ornamenta de forma rebosante. Hay cierto equilibro es cierto, pero la decoración tiende al exceso y a lo recargado. Si bien es verdad que todavía se ve algo de armonía, hay monumentalidad pero también racionalidad, y se ha tenido en cuenta el boato en convivencia con la comodidad y lo funcional. Algo que en las décadas siguientes se perderá en la decoración palaciega, y todo llevará hacia lo excesivo, la representación y lo ostentoso.

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