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Monumento a Juan Crisóstomo Arriaga de Paco Durrio

Publicado por A. Cerra

Este monumento de bronce ubicado en Bilbao es la mejor obra que nos legó su autor, el escultor y ceramista español Francisco Durrio (1868 – 1940). Y más allá de sus valores artísticos dentro del estilo simbolista y modernista que caracterizó a este artista, posiblemente lo más peculiar de la obra sean las peripecias que rodearon su creación y su posterior exposición.

Monumento a Arriaga de Paco Durrio

En el año 1905, ciertos colectivos culturales bilbaínos promovieron la necesidad de crear un monumento al músico Juan Crisóstomo Arriaga, de quien se iba a celebrar al año siguiente el centenario de su nacimiento. De forma que el Ayuntamiento de Bilbao decidió convocar un concurso de ideas para levantar tal monumento.

Se presentaron varios artistas de la época, sin embargo el trabajo se le concedió a Durrio, quien no había presentado idea alguna y que por aquel entonces ya vivía en París. No hay que olvidar que Francisco Durrio fue íntimo amigo de Paul Gauguin, e incluso el artista francés lo dejó al cargo de sus obras cuando se fue a la Polinesia.

O sea que tras el encargo, Durrio se comprometió a presentar una idea y después materializarla. El concepto sí que llegó y entonces se plantearon los plazos de ejecución. Pero aquello se fue retrasando de forma sucesiva. Por supuesto, la obra no estuvo acabada en 1906, pero ni siquiera en los años inmediatamente posteriores. No fue hasta el año 1933 cuando se inauguró y todo ello gracias a que se decidió que el encargo finalmente lo materializara otro escultor, Valentín Dueñas, si bien siguiendo el diseño de Paco Durrio.

Y lo cierto es que la obra en bronce es realmente atractiva. Para empezar porque se plantea el monumento homenaje a un músico sin que aparezca el protagonista. En realidad es la figura de la musa clásica Euterpe con su simbólica lira. De ella mana agua y la mujer mira a los cielos, todo ello para simular que está llorando la temprana muerte de Arriaga, quien hay que recordar que murió de tuberculosis a los 19 años, tiempo más que suficiente para que alcanzara la fama y fuera conocido como el Mozart español.

Toda la figura es simbolismo puro y de unas líneas tremendamente elegantes. Así que cuando por fin se instaló en un céntrico parque bilbaíno, la ciudadanía por fin tenía su monumento. Sin embargo, unos años después, en plena ola moralizante de la Dictadura de Franco se decidió que una mujer desnuda en tal ubicación pública más que un homenaje al músico era una incitación a los “malos pensamientos”. Por eso se retiró y se guardó en los almacenes municipales, y fue sustituida por otra figura en actitud semejante, pero vestida.

Por fortuna, cuando llegó de nuevo la Democracia a España, se devolvió la escultura a su lugar original, y la réplica se instaló en otro sitio de la capital de Vizcaya.

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