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Rueda de bicicleta de Duchamp

Publicado por A. Cerra

En los inicios del pasado siglo XX los creadores comenzaron a preguntarse ¿qué es arte y qué no? (Es curioso que el público, más de cien años después sigamos preguntándonos lo mismo y sin que nadie nos aclare la respuesta). Desde luego no es una pregunta sencilla, y llevaba otras aparejadas, como ¿quién decide que es arte? ¿lo es cualquier creación humana o solo las de aquellos que se consideran o son considerados artistas? En fin, un sinfín de cuestiones en las que personajes como Marcel Duchamp entraron de lleno.

Rueda de bicicleta de Duchamp

Rueda de bicicleta de Duchamp

De hecho, él quiso trasladar a la sociedad esas preguntas y esas inquietudes. La verdad es que Duchamp estaba un poco cansado del aura de divinidad que rodeaba a ciertos artistas, y pensaba que todo era más banal. Por eso eligió la vía de la provocación para llamar la atención y generar debate en torno a esas cuestiones.

De esta manera, en 1913 presentó esta Rueda de bicicleta sobre un taburete de cocina como su obra de arte para una exposición. Obviamente se armó el escándalo, pero el hecho es que hoy esta creación se expone en uno de los templos del arte contemporáneo, el MoMA de Nueva York.

En principio era una especie de sacrilegio, ya que pretendía comparar estos objetos con las grandes obras de arte del pasado. Un camino que alcanzaría su tono más alto con su famosa L.H.O.O.Q., o lo que es lo mismo la reproducción de La Gioconda de Leonardo a la que pintó bigotes en 1919.

El objetivo de este tipo de obras no era el escándalo por el escándalo. Lo que Duchamp pretendía era plantear el debate sobre qué es arte y quién decide que lo sea. Y en el fondo, lo que buscaba era protestar contra el sistema que había vigente según el cual eran los críticos y los galeristas eran quiénes definían qué era una obra de arte y qué calidad tenía. Duchamp reivindicaba que la obra de arte era aquello que el artista decidía que así lo fuera.

Por eso este tipo de objetos que como una rueda de bici o una silla, así como otros muchos de sus artificiosos ready-made se exponían y se convertían en obras de arte porque él lo decidía. Sin duda alguna, una propuesta tan atrevida como arrogante, pero que a él o a otros artistas contemporáneos del movimiento dadaísta les ha servido para engrosar la lista de los genios que crearon los movimientos más irreverentes de las vanguardias históricas del siglo XX.

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