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El matrimonio de Isaac y Rebeca de Claude Lorrain

Publicado por A. Cerra

El pintor francés barroco Claude Lorrain (1600 – 1682) pasó casi toda su vida artística en Roma, y fue un verdadero enamorado de Italia y de su arte. La principal característica de su arte es su pasión por pintar paisajes, algo que estaba un tanto infravalorado en su época, y sin embargo él lo supo hacer con una calidad extraordinaria.

El matrimonio de Isaac y Rebeca de Claude Lorrain

El matrimonio de Isaac y Rebeca de Claude Lorrain

Por ejemplo en esta obra de El matrimonio de Isaac y Rebeca, un tema extraído de pasajes del Antiguo Testamento. Vemos como Isaac, hijo del patriarca Abraham, estaba enamorado de su esposa Rebeca, natural de Mesopotamia, y ambos se casan en Canaán, y lo celebran bailando en primer plano. Pero todo esto no es más que una excusa para realizar un paisaje. Una vista natural de carácter sumamente poético, donde reina la paz y la armonía. De alguna forma trata de recrear una imagen idealizada del Paraíso terrenal.

Y sobre todo lo que llama la atención en sus paisajes es su gran capacidad para crear efectos lumínicos. Algo que sedujo a otros posteriores, especialmente al inglés William Turner. De hecho, se sabe que cuando Turner donó dos de sus obras a la National Gallery de Londres, puso como condición que se colgarán junto a esta obra de Claude Lorrain. Y eso que las pinturas de Turner también presentaban paisajes, pero generalmente mucho menos plácidos que los escenificados por el pintor barroco, como es el caso de Tormenta de nieve.

De hecho, los paisajes de Lorrain suelen desprender el calor del verano italiano, casi sofocante, aunque su gran logro es que los pinta de forma que no nos transmiten ese calor que puede llegar a ser insoportable. Y aquí lo consigue gracias a la presencia del agua, que parece refrescar el ambiente de la escena porque simula el movimiento debido a la colocación en la escena de una cascada de agua, de la rueda girando de un molino, e incluso en el agua más remansada coloca un salto de agua que le da movimiento y frescor a la escena.

Sin duda, aunque el paisaje no era el tipo de pintura más apreciada en el siglo XVII, la calidad de las vistas de Lorrain fue alabada. Pero en cambio se le criticó la debilidad de sus figuras. Y aunque es cierto que no parece haber proporción entre el gran escenario natural y el tamaño de los personajes, la verdad es que es interesante contemplar esas figuras. Por ejemplo, en primer plano y en el centro coloca un grupo ataviado con ropajes pintados en colores primarios, que lo hacen destacar entre el espesor natural. Y además emplaza cuidadosamente otras figuras a lo largo del cuadro para guiarnos hasta ciertos detalles de la composición.

Y esa aparente desproporción entre naturaleza y hombre también se puede entender por el uso de la perspectiva aérea que ha utilizado el pintor. Una perspectiva que le ayuda a mantener la ilusión de la distancia. Y es muy interesante ver como trabaja las diferentes tonalidades del cielo para mantener esa ilusión, algo basado en teorías científicas según las cuales los colores van perdiendo intensidad con la distancia debido a la creciente masa de aire que separa el ojo de los elementos lejanos.

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