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Retrato de Isabel de Porcel de Goya

Publicado por A. Cerra

Doña Isabel de Porcel de Goya

Francisco de Goya posee un conjunto de obras de lo más variopinto. Aquí os hemos hablado de sus trabajos en pintura religiosa, de los cartones que pintó para la posterior elaboración de tapices, de sus grabados, de sus frescos o sus pinturas más personales como los grandes lienzos con los que retrató toda la crudeza de la Guerra de la Independencia contra Francia. Así como también trabajó muchos años como pintor de cámara realizando retratos tan célebres como el de la familia de Carlos IV.

Lo cierto es que Goya hizo infinidad de retratos a lo largo de su carrera, y si bien los oficiales siempre son de una enorme calidad, la verdad es que donde se manifiesta toda su maestría es en los retratos que hizo a personas a las que les tenía mayor afecto. Ese es el caso de este lienzo inmortalizando a Doña Isabel de Porcel que hizo con anterioridad al año 1805.

El pintor mantenía una relación de amistad con el matrimonio Porcel y durante una de las visitas que les hizo, a modo de agradecimiento pintó tanto a Isabel de Porcel como a su esposo Antonio. Si bien, el cuadro del marido se perdió hace años, ya que estaba en el Jockey Club de Buenos Aires y ahí fue pasto de las llamas.

Por fortuna nos ha llegado la efigie de la mujer. Sin duda, un cuadro lleno de vida. La vemos ataviada con el típico traje de maja, que se puso de moda en la época y que tantas veces pintó Goya. Se detiene en pintar las transparencias y encajes de la mantilla, sobre la cabeza, los hombros y los brazos. Y todo ello sirve de marco oscuro para encuadrar la postura de la mujer, cuyo cuerpo está girado hacia la derecha, mientras que la cabeza está a la inversa y mira hacia la izquierda. Es una pose atrevida y dinámica, casi como si no hubiera posado y el pintor la hubiera capturado en un instante.

Y por otro lado está la belleza natural del rostro. Tenemos que pensar que es de lo más naturalista y real, ya que el pintor ha sabido captar la alegría y belleza de sus ojos, o la fineza del cutis de la mujer. Pero no ha evitado darle veracidad con esa mandíbula algo caída y con una pequeña papada, pese a la juventud de la modelo. No obstante, es una imagen bella, y todavía llama más la atención su sensualidad y naturalidad, al destacar el tono rosado de su piel y la hermosura de sus rasgos ante la aureola negra de la mantilla que la envuelve y el fondo neutro que cierra el lienzo.

Por cierto, al estudiar esta obra por medio de rayos X, los investigadores hallaron una gran sorpresa. Descubrieron que Goya había reutilizado el lienzo, ya que antes de pintar a Doña Isabel de Porcel esa tela la había empleado para pintar un hombre vistiendo un uniforme.