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Tutankamón recibe la bienvenida de Osiris

Publicado por A. Cerra

El descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón en el Valle de los Reyes próximo a la ciudad de Tebas en Egipto supuso todo un hito para la historia de la arqueología en general y para conocer la cultura del Antiguo Egipto en particular. Allí aparecieron objetos tan valiosos como el Trono del faraón o su famosa máscara mortuoria, hallada en un excelente estado de conservación junto a la momia.

Tuntankamón recibe la bienvenida de Osiris

Tuntankamón recibe la bienvenida de Osiris

Pero en realidad es de destacar todo el conjunto de la tumba faraónica, realizada entre los años 1357 y 1349 antes de Cristo. Para hacernos una idea de semejante descubrimiento lo mejor es remitirse a las palabras de Howard Carter, el arqueólogo descubridor: “… cuando mis ojos se adaptaron a la luz, fueron emergiendo lentamente de las tinieblas los detalles de la cámara interior; extraños animales, estatuas, y oro por doquier, el resplandor del oro”.

En cada una de las paredes de la cámara funeraria se descubrieron unas pinturas murales de autor desconocido. Son pinturas con un marcado carácter narrativo, que relatan desde el momento de la muerte del faraón hasta su entrada en el más allá.

Son pinturas rituales por eso no era importante que los personajes sean verdaderos retratos, concretamente las imágenes del faraón. De hecho, Tutankamón murió muy joven y su salud siempre fue bastante mala, pese a ello aquí se nos presenta como una persona muy sana, fuerte y feliz, lo que jamás fue en vida. La verdad es que las pinturas eran muy importantes en la vida egipcia. E incluso eran mucho más que una mera decoración o narración en el caso de las tumbas, tenían un papel clave para que finalmente el difunto llevara a buen puerto su tránsito al más allá. Quizás por eso, estas pinturas tienen cierta decoloración marrón, porque es muy posible que el joven faraón muriera antes de lo previsto y fuera sepultado tan rápidamente que no había dado tiempo a que el conjunto pictórico se secara por completo.

Los artistas pintores del Antiguo Egipto contaban con una paleta de colores bastante limitada. Y cada uno de esos colores tenía su propio valor simbólico. Se sabe que el negro representaba la muerte y el más allá, mientras que los tonos dorados o amarillos eran la materialización del sol y su poder vivificante. Al mismo tiempo el blanco era el símbolo de pureza y también de poderío. El azul y el verde eran la representación de la naturaleza, o sea, el agua, el cielo y la vegetación, y por lo tanto representaban la nueva vida que esperaba tras la muerte. Y en cuanto al rojo venía a significar la fuerza vital y la victoria, pero también la sangre. Es decir, todo un código del que los historiadores no pueden hacer más que especulaciones más o menos basadas en la realidad histórica de aquel lejano y enigmático momento.

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