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Arlequín de Cezanne

Publicado por A. Cerra

Paul Cezanne pintó este mismo arlequín en varias ocasiones, y es que en realidad un disfraz que usaba su propio hijo y posaba para él. En este caso para un lienzo pintado al óleo entre los años 1888 y 1889.

De forma inmediata la tela nos transmite un aire de irrealidad y sobre todo muy juguetona. Y no solo porque se trate de un disfraz, sino también por ese paso como suspendido en el aire, como de baile, en el que ha sido captada la figura.

Arlequín de Cezanne

Arlequín de Cezanne

No obstante, la verdadera magia de la obra son los pocos medios que Cezanne necesita para construir todo el espacio. En realidad, todo lo hace con formas más o menos geométricas y color. Está claro que el protagonismo recae en la presencia central y vertical del arlequín. Tras él tan solo hay una tela que sirve de fondo y abajo un suelo que realmente parece estar inclinado, como si la figura se nos fuera a venir encima.
El espacio vibra gracias a los trazos de tonos azules, verdes y violetas de la tela trasera, y se complementan con la gama de naranjas, rojos y también azules del suelo. Todo un escenario que sirve para contrastar de una forma rotunda la estilizada figura del arlequín vestido a rombos negros y rojos. Unos colores que alcanzan todavía más fuerza gracias a las notas claras del bastón y del sombrero.

En poses muy semejantes pintó en varias ocasiones a su hijo con este mismo disfraz y en ese misma sala. Y a veces incluso añadió también a algún amigo del niño al que le hacía vestirse con otra figura del circo clásico, como es el personaje de pierrot. Y en todas estas composiciones que no eran simples apuntes sino obras de un formato considerable (por ejemplo la tela de este arlequín mide 92 x 65 cm), pues bien en todas estas obras buscan crear una atmósfera muy irreal y cercana a la ensoñación.

Lo cierto es que recurrir al mundo de los personajes circenses fue algo habitual entre los artistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Los ejemplos abundan y en distintos estilos. Por ejemplo, un pintor postimpresionista y contemporáneo a Cezanne, como el puntillista Seurat pintó El Circo. O posteriormente, Rouault pintó en numerosas ocasiones payasos como personajes que representan la tristeza pese a su oficio. Una actitud similar a la que nos presentó un joven Edward Hopper en su obra Tarde Azul de 1914.

De hecho, los payasos en el arte siempre han tenido esa capacidad de ser figuras para reflejar melancolía o actitudes muy tristes, algo que queda oculto bajo sus máscaras, trajes y maquillaje.

No obstante, dentro de ese tipo de figuras, el caso de los arlequines es especial, ya que hay pintores como Cezanne, para quién tan importantes era las formas geométricas, los arlequines tenían un traje a base de rombos de lo más sugerente. Algo que años después también captó la atención de Pablo Picasso como obras como su propio Arlequín en 1917, y años después también disfrazó a su hijo Paul de Arlequín y lo retrató, al igual que Cezanne.

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