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El condottiero de Messina

Publicado por A. Cerra

Antonello de Messina, como nos indica su nombre era originario de la zona más sur de Italia, de la propia isla de Sicilia. Pero su habilidad con los pinceles le llevó a emigrar hasta una de las ciudades italianas del norte más prósperas durante el siglo XV: Venecia.

Allí iba a ser un hito importante dentro de la escuela pictórica veneciana, ya que su arte tenía una fuerte influencia de las pinturas flamencas. Algo que se puede ver en muchas de sus imágenes religiosas como Cristo sostenido por un ángel o San Jerónimo en su estudio.

El Condottiero de Antonello da Messina

Y desde luego es influencia flamenca también queda patente en sus retratos, un género en el que le podemos conceder un papel de renovador en Venecia, ya que va a aportar un gusto por el realismo del que antes carecían los pintores de la ciudad de los canales. Allí realizó diversos retratos y fue muy valorado por su capacidad para la representación natural y real de los modelos.

Un ejemplo de ello es este Condottiero datado en 1475, que en la actualidad es propiedad del Museo del Louvre en París. Lo cierto es que otra manera de titular la obra es con un sencillo Retrato de un hombre, ya que no se sabe a ciencia cierta si este personaje fue uno de esos bravos militares a los que se les solía rendir homenaje en forma de cuadros e incluso de monumentos como el famoso Condottiero Gattamelata del gran Donatello o el del Condottiero Colleoni que Verrochio había hecho para la propia ciudad de Venecia.

Sin embargo, en el cuadro de Antonello da Messina, ese título de condottiero se otorga por la actitud que nos muestra el personaje. Sin duda en su mirada vemos todos su carácter retador, con un cicatriz cruzando el labio superior y hasta con cierto aspecto descuidado por la barba incipiente. Desde luego una representación que no le hubiera pagado ningún aristócrata del momento. Es el retrato de un hombre valiente y sin remordimientos, incluso cruel para una labor como la suya, ya que los condottieros no dejaban de ser mercenarios que cobraban por sus victorias en la batalla.

Pero además de eso, lo más valioso de esta obra en la historia del retrato veneciano es que aportó una figura de busto con representación en tres cuartos que no se había hecho antes, y que a partir de entonces se iba a repetir hasta la saciedad. Y también innovó en su momento con ese fondo oscuro del que emerge el retrato como si fuera un relieve. Unos rasgos novedosos en Venecia, pero que ya se había trabajado en Flandes, con obras como el famoso Hombre del turbante rojo de Van Eyck.

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